INTRODUCCIÓN A LA CIENCIA ALQUIMICA
TESTIMONIOS CIENTÍFICOS DE TRANSMUTACIÓN
ALQUIMICA
Los investigadores de la ciencia
materialista desvirtúan, — sin conocimiento de CAUSA — la posibilidad de la
transmutación metálica con una producción lucrativa basándose en la inversión
para su obtención. El resultado no podría ser otro, pues el proceso, está
desprovisto del factor esencial que permite lograr una auténtica transmutación
metálica en las proporciones que se quisieran.
Un científico afirmó, al respecto:
“Es posible que se transforme acero en oro como se
transforma, según se dice, el uranio en radio y en helio, pero esas
transformaciones no afectan más que a milmillonésimas de miligramos, y entonces
sería mucho más económico obtener oro del mar, que contiene toneladas de él”.
Posteriormente, encontramos el siguiente dato:
“En 1977, en Alemania (RF) se construye un poderoso
acelerador de Iones pesados, que transmuta un núcleo de uranio en oro, mediante
el bombardeo con Iones acelerados a 1,8 mil millones de electrón-voltios”.
Nótese, pues, cómo opera la ciencia materialista,
despilfarrando una cantidad exagerada de unidades de energía, para lograr este
tipo de transmutación, ya que, para la transmutación metálica, no es necesaria
la electricidad generada por nuestras centrales hidroeléctricas.
El secreto de los llamados “Polvos de
Proyección", no se ha conocido, ni siquiera en los textos de alquimia que
abundan por todas partes, no porque los Adeptos desconocieran este secreto,
sino porque siempre estuvieron dispuestos a no revelarlo.
Cuando el Alquimista, por las incesantes
sublimaciones Mercuriales, ha logrado crearse sus vehículos planetarios
metálicos (Cuerpos Solares: Astral, Mental, Causal, etc.), y haber fijado el
Oro Filosófico en estos Cuerpos Metálicos, entonces estos átomos de Oro, podrán
ser proyectados en agua pura. Esta agua pura, así cargada con átomos de Oro,
puede perfectamente transmutar el plomo fundido en un crisol en oro puro, oro
de la mejor calidad.
Sólo, pues, quien tenga Oro en su Aura, en sus Cuerpos
Existenciales Superiores del Ser, puede transmutar plomo en oro. Podría darse
que, por alguna gracia muy especial, alguien recibiera de un Adepto de estos,
una pequeña parte de estos polvos de proyección, en forma líquida o
pulverizada.
Seguidamente, transcribiremos algunos párrafos del
escritor Jacques Sadoul, en donde se podrá apreciar el testimonio indiscutible
de dos notables científicos sobre la realidad de la transmutación metálica.
Omitiremos, a propósito, las comillas del texto de J. Sadoul, para que no
aparezca el conjunto pesado:
Nuestro primer testigo será JUAN
BAUTISTA VAN HELMONT. Este médico y químico belga (nacido en Bruselas en 1577)
hizo uno de los principales descubrimientos científicos: el de gas. Percibió la
presencia del ácido carbónico y por deducción, comprendió que se trataba de un
nuevo cuerpo químico. (...) Descubrió también la existencia de hidrógeno
sulfurado en el Intestino grueso del cuerpo humano; comprobó la presencia de un
jugo ácido segregado por el estómago; preparó el ácido clorhídrico, el aceite
de azufre, el acetato de amoniaco, etc. Parece difícil imaginar mejor testigo
para el caso de transmutación.
Por otra parte, Louis Figuier se ve obligado a
escribir lo siguiente, aunque se esfuerce por demostrar la irrealidad de las
transmutaciones: “los filósofos herméticos han citado siempre con gran aplomo
el testimonio de Van Helmont para sustentar como verídico el hecho general de
las transmutaciones. Desde luego, resulta difícil encontrar una autoridad más
fidedigna e impresionante que la del ilustre médico y químico cuya justa fama
como sabio sólo es comparable a su reputación de hombre recto. Las
circunstancias en que se realizaban las transmutaciones eran suficientemente
insólitas para causar asombro, y es comprensible que el propio Van Helmont se
sintiera inclinado a proclamar la verdad de los principios alquímicos tras la
singular operación realizada por él mismo.”
Allá por 1618, cuando trabajaba en su laboratorio de
Vilvorde, Van Helmont recibió la visita de un desconocido que quería, según
dijo, conversar con él sobre una materia de interés para ambos. Al principio,
el sabio lo tomó por algún colega deseoso de tratar sobre asuntos médicos; pero
el desconocido abordó, sin rodeos, el arte hermético. Van Helmont le
interrumpió al instante diciéndole que, en su opinión, la alquimia era una
superstición carente de toda realidad científica y que no quería hablar de
ella. Entonces, el forastero le dijo:
—Comprendo que no deseéis discutir sobre ello, Maese
Van Helmont; pero, ¿queréis hacerme creer que tampoco deseáis verlo?
Algo sorprendido, el sabio le preguntó qué entendía
él exactamente por “verlo”, El otro respondió:
—No estoy contándoos una fábula si os aseguro que la
piedra filosofal existe y está dotada de un poder transmutatorio. Tal vez me
creáis, y yo me resigno. Pero, ¿seguiréis haciéndolo si yo os entrego una
porción de esa piedra y os dejo operar por vuestra propia cuenta?
Van Helmont, creyendo habérselas con un loco o un
charlatán, respondió que se prestaría a hacer el experimento con el trozo de la
piedra siempre y cuando su interlocutor le permitiera actuar solo y establecer
sus propias condiciones. Creyó que así desanimaría al personaje, pero se
equivocó. El visitante aceptó inmediatamente la propuesta y depositó sobre una
cuartilla, en la mesa del químico, algunos granos de un polvo que Van Helmont
describió así: “He visto y manipulado la piedra filosofal. Tenía el color del
azafrán en polvo, era pesada y brillaba como el vidrio fragmentado.”
Una vez hecho esto, el desconocido pidió permiso para
retirarme; Como Van Helmont quisiera saber si volvería para comprobar los
resultados de la experiencia, él le respondió que no era necesario, porque
tenía absoluta confianza en el éxito de la empresa. Mientras le acompañaba
hasta la puerta, Van Helmont le preguntó que por qué se había fijado
precisamente en él para hacer tal experimento, y el otro le contestó que “deseaba
convencer a un ilustre sabio cuyos trabajos honraban al país.”
Desconcertado un tanto ante la firmeza de su
interlocutor, el químico decidió hacer el ensayo. Hizo preparar a sus ayudantes
de laboratorio un crisol, donde se colocaron ocho onzas de mercurio. Una vez
se hubo fundido el metal, Van Helmont echó la pequeña porción de materia que le
entregara el desconocido, después de envolverla en un papel, como se le había
recomendado. Luego tapó el crisol y aguardó durante un cuarto de hora; concluido
ese plazo, hizo llenar de agua el crisol, que se rompió violentamente, con el
súbito enfriamiento: en el centro había un trozo de oro cuyo peso era igual al
del mercurio que se depositara en él.
Este relato no es imaginario ni mucho menos. Fue el
propio Van Helmont quien dejó constancia, por escrito, de los citados
acontecimientos, y los hizo publicar bajo su nombre y responsabilidad. En
efecto, tuvo valor y —¿por qué no decirlo?— espíritu científico suficientes
para reconocer el error en público y proclamar su convencimiento sobre la
realidad del hecho alquímico. (Su obra se titula L’aurore de la medicine) En recuerdo
de aquella experiencia, puso el nombre de Mercurio a un hijo suyo, que llegó a
ser un ferviente defensor de la alquimia, como lo demostró enseguida
convirtiendo al famoso filósofo Leibniz.
Trasladémonos ahora al año 1666 y al domicilio de Helvetius, médico del
príncipe de Orange. Helvetius, cuyo verdadero nombre era Johann Friedrich Schweitzer, había
nacido en 1625, en el ducado de Anhalt. Con extraordinaria rapidez adquirió gran celebridad
como médico y sabio eminente, hasta el punto de que el príncipe de Orange lo
consideró imprescindible en su séquito.
Fue un tenaz adversario del arte hermético y atacó
violentamente al caballero Digby y su polvo de simpatía cuando éste visitó la corte de
Orange. Llegó incluso a publicar una diatriba contra aquel fraguador, que
circuló rápidamente por toda la Haya.
Ahora bien, el 27 de diciembre de 1666, un desconocido
solicité audiencia al médico, tal como en el caso de Van Helmont. Helvetius lo
describió como hombre de unos cuarenta años de edad, bajo y de porte digno. El
extranjero empezó felicitando al médico por su última obra, El Arte
Pirotécnico, y luego hizo algunos comentarios sobre el libelo de Helvetius contra el
caballero Digby. Después de aprobar la condena formulada por el médico, sobre el
pretendido polvo de simpatía del fraguador, el visitante le preguntó si creía
posible que existiese en la Naturaleza una panacea para curar todos los males.
Helvetius le contestó que conocía bien la pretensión
de los alquimistas, los cuales aseguran poseer tal medicamento llamado oro
potable — según había oído decir —, aunque él lo consideraba un auténtico
señuelo; sin embargo reconoció que la obtención de tal fármaco era el sueño de
todos los médicos.
Entonces preguntó al forastero si era uno de ellos.
El otro eludió una respuesta clara y pretendió ser un
modesto fundidor de cobre que, por conducto de un amigo, había sabido que era
posible extraer de los metales eficaces medicamentos. La conversación prosiguió
en los mismos términos, cada cual hilando fino para hacer hablar al otro. Al
fin, el visitante cambió de táctica y preguntó directamente a Helvetius si era
capaz de reconocer la piedra filosofal cuando la viera.
Y Helvetius contestó:
—He leído varios tratados de adeptos célebres...
Paracelso, Basilio Valentín, el Cosmopolita, y el relato de Van Helmont. Pero
no pretendo ser capaz de reconocer la materia filosófica si me la mostraran.
Entonces, el extranjero se llevó la mano al bolsillo
del pecho y extrajo una pequeña caja de marfil. Luego la abrió y mostró al
médico un polvo de color azufre pálido.
—¿Veis este polvo, Maese Helvetius? —dijo—. Pues
bien, aquí hay suficiente cantidad de piedra filosofal para transmutar cuarenta
mil libras de plomo en oro.
Mientras dejaba que el médico tanteara con la yema
del dedo aquel polvo, habló, enorgullecido, de sus maravillosos efectos
medicinales. Luego recogió la caja y se la volvió a meter en el bolsillo.
Helvetius le pidió que le regalara algunos fragmentos de su polvo para hacer un
ensayo con ellos, pero el extranjero se negó, alegando que no tenía
autorización. Sin embargo, como pidiera pasar a otra habitación resguardada de
las miradas curiosas, el médico supuso que, al fin, le daría el fragmento de la
piedra. Pero se engañó, pues el extranjero deseaba sólo mostrarle unas medallas
de oro que llevaba cosidas a sus vestiduras. Después de manipularlas y
examinarlas atentamente, Helvetius comprobó que aquel oro era
incomparablemente superior, por su maleabilidad, a cuantos había visto antes.
Bajo el siguiente alud de preguntas, el extranjero negó haber fabricado aquel
oro hermético y adujo que se trataba sólo de un regalo; cierto amigo extranjero
le había obsequiado con aquellas medallas. Seguidamente refirió al médico una
transmutación efectuada ante sus propios ojos por el hipotético amigo, e
indicó asimismo que aquel adepto utilizaba una dilución de su polvo para
conservar la salud.
Helvetius fingió quedar convencido, pero insinuó que
una demostración palpable lo acabaría de convencer. El extranjero se negó a
ello, parapetándose siempre tras una autoridad superior. Finalmente, afirmó que
pediría autorización al adepto, y si éste se la daba, volvería dentro de tres
semanas para efectuar una transmutación ante el médico. Helvetius le despidió
diciéndose que aquel individuo era un fanfarrón y que no volvería más.
Pero tres semanas después, el forastero llamó de
nuevo a la puerta del médico del príncipe de Orange. Esta vez, el extraño
personaje tampoco pareció tener prisa por hacer una demostración, pues entablé
con Helvetius una conversación sobre temas filosóficos. Sin embargo, el
médico la desvió reiteradamente hacia el propósito inicial, e incluso lo invitó
a almorzar, para ejercer más presión. El extranjero persistió en su negativa.
A continuación inserto el relato de los
acontecimientos subsiguientes, tomado de la obra de Helvetius Vitulus Aureus.
Este extracto, traducido directamente del latín por Bernard Husson, apareció
en el número 59 de la revista Initiation et Science.
Le rogué que me obsequiara con un poco de su tintura,
aunque sólo fuera la porción necesaria para transformar en oro cuatro gramos
de plomo. El se dejó ablandar por mis ruegos y me entregó un fragmento tan
grande como una semilla de nabo, mientras decía:
“Recibid, pues, el tesoro supremo del mundo, que no
han podido entrever ni siquiera los reyes ni los príncipes”.
“Pero, ¡Maese! — protesté yo —. Ese minúsculo
fragmento no será suficiente para transmutar cuatro gramos de polvo”.
“Entonces me respondió”:
“Dádmelo.”
“Y cuando yo esperaba que me diera mayor cantidad, él
lo partió en dos con la uña y mojando una de las porciones al fuego, envolvió
la otra en un papel rojo y me la ofreció diciendo”:
Esto será más que suficiente.
“Decepcionado y atónito pregunté: ¿Qué significa esto,
Maese? Yo dudaba ya, pero ahora me es absolutamente imposible creer que esta
ínfima porción baste para transformar cuatro gramos de plomo.
“Pero él replicó”:
Lo que os digo es la verdad.
“Entonces le di mis más efusivas gracias y guardé mi
tesoro, disminuido y sumamente concentrado, en una pequeña caja, mientras le
aseguraba que efectuaría el ensayo al día siguiente y jamás revelaría a nadie
el resultado de la prueba”.
¡Nada de eso, nada de eso! — exclamó él —. “Debemos
hacer saber a los hijos del Arte todo cuanto manifieste la gloria de Dios
Todopoderoso, a fin de que vivan como teósofos y no mueran como sofistas.”
Entonces fue cuando Helvetius confesó algo a su
visitante. Durante su primera entrevista había tenido en las manos aquella
caja con los polvos de proyección, y aprovechó la oportunidad para recoger con
la uña algunas partículas y guardarlas bien, tan pronto como desapareciese el
extranjero. Luego había hecho fundir plomo en un crisol y había arrojado
dentro aquellos granos sustraídos, sin que se produjera transmutación alguna.
El plomo había permanecido incólume en el crisol, mezclado con unas partículas
de tierra vitrificada. En vez de indignarme, el extranjero se echó a reír y
explicó que para conseguir la transmutación era indispensable una medida
precautoria: se debía revestir el polvo con una bolita de cera, o bien
envolverlo en un trocito de papel, a fin de preservarlo contra los vapores de
plomo o mercurio, pues si no se hacía así, estos lo atacaban y le arrebataban
todo su poder transmutatorio. Entonces dijo que tenía el tiempo justo para
acudir a otra entrevista y por tanto, no podría presenciar la proyección, pero
sí volver al día siguiente, si el médico quería esperarle hasta entonces.
Este accedió gustosamente, y mientras acompañaba a su
visitante hacia la salida, le hizo varias preguntas. ¿Cuánto duraba la
fabricación de la piedra? ¿Cuánto costaba el magisterio? ¿Cuál era la identidad de la materia
prima y del mercurio filosófico? El extranjero rió otra vez ante tanta
curiosidad y replicó que le era imposible enseñar todo el arte hermético al
médico en unos instantes. Sin embargo, le reveló que la Obra era poco costosa y
no requería un período exageradamente largo. Respecto a la materia prima,
declaró que se extraía de los minerales; en cuanto al mercurio filosófico, era
una sal de virtudes celestes que disolvía los cuerpos metálicos. Terminó
diciendo que ninguna de las materias necesarias para la Obra tenía un precio
excesivo, y que si se utilizaba la vía breve, se podía realizar todo el magisterio
en cuatro horas. Como Helvetius lanzara una exclamación de asombro, agregó que
existían dos vías, pues no todos los filósofos empleaban la misma, pero que,
de todas formas, Helvetius debería de abstenerse de realizar la Gran Obra,
porque sus conocimientos eran insuficientes, y todo cuanto conseguiría sería
perder tiempo y dinero. Con estas palabras tan poco alentadoras se despidió
del médico, prometiéndole volver al día siguiente, promesa que no cumpliría.
Helvetius tenía intención de esperar el regreso del
artista desconocido, pero su esposa, a quien habría informado sobre el extraño
suceso, se mostró demasiado impaciente y quiso intentar la proyección sin mas
demora. Aguijoneó Incesantemente a mi marido para que hiciera por sí solo la
operación, puesto que sabía ya cómo proceder. Cansado de discutir, Helvetius
accedió y ordenó a sus ayudantes que encendieran fuego bajo un crisol. No tenía
ninguna confianza en el éxito del ensayo, y sospechaba que aquel visitante
—pese a sus palabras y a su aire digno— era un charlatán que, llegado el
momento decisivo, había preferido recurrir a la huida. Si su mujer no hubiese
insistido tanto, él probablemente se habría abstenido de hacer tal
experimento, pues las razones aducidas por el extranjero para explicar su
fracaso no le parecían nada convincentes. Se le antojaba absurdo que un poco de
cera o papel preservase el valor transmutatorio de aquellos ínfimos polvos.
Por todo ello, procedió al experimento sin la menor Convicción.
Buscó un viejo tubo de plomo y lo colocó en el crisol;
cuando se hubo fundido, su mujer echó el polvo de proyección envuelto en cera.
Entonces la materia entró en ebullición y se dejaron oír fuertes silbidos. Al
cabo de quince minutos, la totalidad del plomo se había convertido en oro.
Acto seguido, Helvetius refundió el oro para formar un
lingote, que llevó sin tardanza a un orfebre vecino. Este lo probó con la
piedra de toque y le ofreció cincuenta florines por onza. Naturalmente, el
médico no quiso venderlo y empezó a mostrarlo a sus numerosas amistades. El
hecho se difundió muy pronto por toda la Haya y sus contornos, hasta tal
extremo, que el maestro de pruebas y supervisor de moneda en Holanda, Maese
Povelius, le hizo una visita para pedirle que permitiera revisar el oro
hermético en los laboratorios oficiales, bajo su dirección. Se acordó hacerlo.
Lo trató siete veces con antimonio, sin lograr hacerle perder peso; lo sometió
a todas las pruebas esenciales con especial meticulosidad, pero se vio
obligado a reconocer que, efectivamente era oro y de una ley jamás vista.
Hasta aquí el extracto que hemos entresacado de la
obra del escritor J. Sadoul.