CUATRO MAESTROS ALQUIMISTAS RESURRECTOS
El Conde de SAINT-GERMAIN.
Testimonios sobre la existencia actual del Conde de
Saint-Germain, los hay en gran cantidad. Comencemos sobre el encuentro
que el famosísimo y serio escritor Giovanni Papini, tuvo con el Conde el 16 de
febrero del año 1939, a bordo de la embarcación marina “Prince of Wales”, la
que viajaba por el océano Indico, rumbo a la India. Esto lo consignó Giovanni
Papini en su libro “Gog”, con las siguientes palabras:
“He conocido estos días al famoso Conde de
Saint-Germain. Es un caballero muy serio, de mediana estatura, pero de
apariencia robusta y vestido con refinada sencillez. No parece tener más de
cincuenta años.”
“En los primeros días de la travesía no se acercaba y
no hablaba con nadie. Una noche que me hallaba solo en la cubierta y miraba
las luces de Massaua, apareció junto a mí de improviso y me saludó. Cuando me
hubo dicho su nombre creí que se trataba de un descendiente de aquel conde de
Saint-Germain que llenó con sus misterios y con la leyenda de su longevidad
todo el Setecientos. Había leído hacía poco, por casualidad, en un magazín, un
artículo sobre el conde “inmortal” y no fui cogido por fortuna desprevenido. El
conde mostró satisfacción al darme cuenta de que yo conocía algo de aquella
historia y se decidió a hacerme la gran confidencia.”
“— No he tenido nunca hijos y no tengo descendientes.
Soy aquel mismo, si se digna creerme, que fue conocido con el nombre de conde
de Saint Germain en el siglo XVIII. Habrá leído que algunos biógrafos me hacen
morir en 1784, en el castillo de Eckendoerde, en el ducado de Achleswing. Pero
existen documentos que prueban que fui recibido en 1786 por el emperador de
Rusia. La condesa de Adhémar me encontró en 1789 en París, en la iglesia de los
Recoletos. En 1821 tuve una larga conversación con el Conde de Chalons en la
plaza de San Marcos de Venecia. Un inglés, Vandam, me conoció en 1847. En 1869
comenzó mi relación con Mrs. Annie Besant. Mrs. Oakley intentó en vano
encontrarme en 1900, pero, conociendo el carácter de esa buena señora, conseguí
evitarla. Encontré algunos años después a MR. Leadbeater, que hizo de mí una
descripción un poco fantástica, pero en el fondo bastante fiel. He querido
volver a ver, después de unos sesenta años de ausencia, la vieja Europa: ahora
regreso a la India, donde se hallan mis mejores amigos. En la Europa de hoy,
desangrada por la guerra y alocada en pos de las máquinas, no hay nada que
hacer.”
“— Pero si las noticias que yo tengo son exactas,
usted era ya más que un centenario en 1784, en la época de su presunta
muerte.”
“El conde sonrió dulcemente.”
“— Los hombres — respondió — son demasiado
desmemoriados o demasiado niños para orientarse en la cronología. Un
centenario, para ellos, es un prodigio, un portento. En la antigüedad, e
incluso en la Edad Media, se recordaba todavía algunas verdades elementales que
la orgullosa ignorancia científica ha hecho olvidar. Una de estas verdades es
“que no todos los hombres son mortales”. La mayoría mueren realmente después de
setenta o cien años; un pequeño número sigue viviendo indefinidamente. Los
hombres se dividen, desde este punto de vista, en dos clases: la inmensa plebe
de los extinguidos y la reducidísima aristocracia de los
“desaparecidos”. Yo pertenezco a
esa pequeña élite y en 1784 había ya vivido
no un siglo, sino varios".
“¿Es usted, pues, inmortal?”
“— No he dicho esto. Es necesario distinguir entre
inmortalidad e inmortalidad. Las religiones saben desde hace miles de años que
los hombres son inmortales, es decir, que comienzan una segunda vida después
de la muerte. A un pequeño número de esos está reservada una vida terrestre tan
sumamente larga que al vulgo de los efímeros le parece inmortal. Pero así como
hemos nacido en un momento dado del tiempo, es bastante probable que deberemos
también nosotros, más pronto o más tarde, morir. La única diferencia es ésta:
que nuestra existencia media en vez de por lustros se mide por siglos. Morir a
setenta años o morir a setecientos no es una diferencia tan milagrosa para
quien reflexiona sobre la realidad del tiempo.”
“— Ha hecho usted alusión a una aristocracia de
inmortales. ¿No es verdad, pues, el único que goza de este privilegio?”
“— Si vuestros semejantes conociesen mejor la
Historia, no se extrañarían de ciertas afirmaciones. En todos los países del
mundo, antiquísimos y modernos, vive la firme creencia de que algunos hombres
no han muerto, sino que han sido “arrebatados”, esto es, desaparecen sin que se
pueda encontrar su cuerpo. Estos siguen viviendo escondidos y de incógnito o
tal vez se han adormecido y pueden despertarse y volver de un momento a otro.
Vaya a Alemania y le enseñarán el Unterberg cerca de Salisburgo, donde espera desde hace siglos, en apariencia
adormecido, Carlomagno; el Kyffhauser, donde se ha refugiado, esperando, Federico
Barbarroja; y el Sudermerberg que hospeda todavía a Enrique el asesino. En la India
dirán que Nana Sahib, el jefe de la sublevación de 1857, desaparecido sin dejar rastro en el
Nepal, vive todavía escondido en el Himalaya. Los antiguos hebreos sabían que
al Patriarca Enoch le fue evitada la muerte; y los babilonios creían la misma
cosa de Hasisadra. Se ha esperado durante siglos que Alejandro Magno
reapareciese en Asia, como Amílcar, desaparecido en la batalla de Panormo, fue
esperado por los cartagineses. Nerón desapareció sin someterse a la muerte. Y
todos saben que los británicos no creyeron nunca en la muerte del rey Artus,
ni los godos en la de Teodorico, ni los daneses en la de Holger Danske; ni los
portugueses en la del rey Sebastián, ni los suecos en la del rey Carlos XII, ni
los servios en la de Kraljevic Marco.”
“Todos estos monarcas se hallan adormecidos y
escondidos, pero deben volver. Aún hoy los mongoles esperan el regreso de
Gengis Kan.”
“Una interpretación plausible de ciertos versículos
del Evangelio ha hecho creer a millones de cristianos que San Juan no murió
nunca, sino que vive todavía entre nosotros. En 1793, el famoso Lavater estaba
seguro de haberle encontrado en Copenhague. Pero bastaría el ejemplo clásico
del Judío Errante, que bajo el nombre de Ahas Verus o de Butadeo, ha sido
reconocido en diversos países y en diversos siglos y que cuenta actualmente
más de mil novecientos años. Todas estas tradiciones, independientes las unas de
las otras, prueban que el género humano tiene la seguridad o al menos el
presentimiento de que hay verdaderamente hombres que sobrepasan en gran medida
el curso ordinario de la vida. Y yo, que soy uno de estos, puedo afirmar con
autoridad que esta creencia responde a la verdad. Si todos los hombres
disfrutasen de esta longevidad fabulosa, la vida se haría imposible, pero es
necesario que alguno, de cuando en cuando, permanezca: somos, en cierto modo,
los notarios estables de lo transitorio.”
“— ¿Soy indiscreto si le pregunto cuáles son sus
impresiones de inmortal?“
“No se imagine que nuestra suerte sea digna de
envidia. Nada de eso. En mi leyenda se dice que yo conocí a Pilatos y que
asistí a la Crucifixión. Es una grosera mentira. No he alardeado nunca de
cosas que no son verdad. Sin embargo, hace pocos meses cumplí los quinientos
años de edad. Nací, por lo tanto, a principios del cuatrocientos y llegué a
tiempo para conocer bastante a Cristóbal Colón. Pero no puedo, ahora, contarle
mi vida. El único siglo en que frecuenté más a los hombres fue, como usted
sabe, el setecientos, y puedo lamentarlo. Pero ordinariamente vivo en la
soledad y no me gusta hablar de mí. He experimentado en estos cinco siglos
muchas satisfacciones, y a mi curiosidad, en modo especial, no me ha faltado
alimento. He visto al mundo cambiar de cara; he podido ver, en el curso de una
sola vida, a Lutero y a Napoleón, Luis XIV y Bismarck, Leonardo y Beethoven,
Miguel Ángel y Goethe. Y tal vez por eso me he librado de las supersticiones de
los grandes hombres. Pero estas ventajas son pagadas a duro precio. Después de
un par de siglos, un tedio incurable se apodera de los desventurados inmortales.
El mundo es monótono, los hombres no enseñan nada, y se cae, en cada
generación, en los mismos errores y horrores; Los acontecimientos no se repiten,
pero se parecen; Lo que me quedaba por saber ya he tenido bastante tiempo para
aprenderlo. Terminan las novedades, las sorpresas, las revelaciones. Se lo
puedo confesar a usted, ahora que únicamente nos escucha el mar Rojo: Mi
inmortalidad me causa aburrimiento. La tierra ya no tiene secretos para mí, y
no tengo ya confianza en mis semejantes. Y repito con gusto las palabras de
Hamlet, que oí la primera vez en Londres en 1594: “El hombre no me causa ningún
placer, no, y la mujer mucho menos.”
“El conde de Saint-Germain me pareció agotado, como si
se fuese volviendo viejo por momentos. Permaneció en silencio más de un cuarto
de hora contemplando el mar tenebroso, el cielo estrellado.”
“Dispénseme — dijo finalmente —si mis discursos le han
aburrido. Los viejos, cuando comienzan a hablar, son insoportables.”
“Hasta Bombay, el conde de Saint Germain no volvió a
dirigirme la palabra, a pesar de que intenté varias veces entablar
conversación. En el momento de desembarcar me saludó cortésmente y le vi
alejarse con tres viejos hindúes que se hallaban en el muelle esperándole.”
En otra obra muy famosa se afirma:
“La existencia histórica del conde se inició en
Londres el año 1743. Allá por 1745 tuvo ciertas fricciones con la justicia,
pues se había hecho sospechoso de espionaje. Horace Walpole hizo esta
observación al respecto: “Está aquí desde hace dos años y no quiere revelar
quién es, ni cuál es su origen, si bien confiesa que utiliza un nombre falso.”
Por entonces se describía al conde como un hombre de estatura mediana, rondando
los cuarenta y cinco, muy amable y gran conversador. “Se sabe a ciencia cierta
que Saint-Germain era un seudónimo, porque él mismo dijo en cierta ocasión a su
protector, el landgrave de Hesse”:
“Me llamo Santus Germanus, el hermano santo.”
También se sabe que, tras pasar varios años en
Alemania, en 1758, se presentó en la corte de Luis XV. Madame Pompadour nos ha
dejado una descripción de Saint Germain: “El conde parecía un cincuentón; tenía
un aire fino, espiritual, vestía sencillamente, pero con gusto. Lucía
hermosos diamantes en los dedos, la tabaquera y el reloj.” Aquel forastero,
aquel desconocido cuyo título nobiliario era muy dudoso y cuyo nombre parecía
incierto, por decirlo de alguna forma, supo abrirse paso hasta el círculo
íntimo de Luis XV, quien le concedió varias audiencias privadas. Y ese
ascendiente sobre el rey fue lo que irritó sobremanera al ministro Choiseul y
lo que acarreó a Saint-Germain la desgracia y el exilio. Finalmente se sabe
que el conde pasó la última época de su vida en el castillo de landgrave de
Hesse, donde murió, según se dice, el 27 de febrero de 1784. Observemos, sin
embargo, que esa “muerte” se produjo durante una de las raras ausencias del
landgrave, ocasiones en que solamente rodeaban al conde unas cuantas mujeres
fácilmente sobornables.”
“Se conoce su historia entre los años 1743 y 1784.
Pues bien, busquemos ahora los testimonios de personas fidedignas que lo conocieron
antes o después de esas fechas límite. La condesa de Gergy, embajadora de
Francia cerca del estado Veneciano, nos da el primer informe. Vio a
Saint-Germain en casa de Madame Pompadour y, aparentemente, quedó estupefacta.
Según sus propias manifestaciones, recordó haber conocido en Venecia allá por
el 1700, a un aristócrata extranjero cuyo parecido con el conde era asombroso,
aunque aquél tenía otro apellido. Ella le preguntó si no sería su padre u otro
familiar cercano.”
“— No, Madame — respondió el conde con gran calma —.
Perdí a mi padre hace mucho tiempo. Pero viví en Venecia entre fines del siglo
pasado y principios de éste. Por cierto que tuve el honor de haceros la corte,
y vos encontrasteis agradables algunas barcarolas compuestas por mí y que ambos
solíamos cantar juntos”
“Perdonad mi franqueza, pero eso no es posible. Aquel
conde de Saint Germain tendría entonces cuarenta y cinco años, y vos tenéis
ahora esa edad.”
Madame — contestó sonriendo el conde — yo soy muy
viejo.”
“— Pero, con arreglo a esos cálculos, vos tendríais
ahora casi cien años.”
“— ¡Eso no es imposible!”
“Entonces, el conde enumeró ante Madame de Gergy una
infinidad de detalles relacionados con la estancia de ambos en el Estado
veneciano. Y, por si quedara alguna duda, se ofreció a recordarle ciertas
circunstancias, ciertas observaciones, ciertos escarceos...”
¡No, no! — lo interrumpió presurosamente la anciana
embajadora — Me habéis convencido por completo; Pero vos sois un... un diablo
realmente extraordinario... (Citado por Touchard Lafosse en Les Chroniques de
I’oeil -deboeuf.)
“Más allá del año 1784 encontramos una nueva
intervención del conde, que no parece dejar lugar a dudas. El año siguiente a
su “muerte” oficial participó en la convención masónica de París, celebrada el
15 de febrero de 1785.”
“…Hay otra persona cuya afirmación de haber conocido
a Saint Germain no puede ponerse seriamente en duda. Se trata de Wellesley
Tudor Pole, viajero e industrial a quien le fue conferida la Orden del Imperio
Británico y fue acreditado estudioso de arqueología, fundador de la Big Ben
Silent Minute Observance, presidente del Chalice Well Trust de Glastonbury y
gobernador de la Glaston Toru School for Boys.”
“En su libro The Silent Road, Tudor Pole describe un
extraño encuentro mientras viajaba en el Oriente Express. Era en la primavera
de 1938, y se dirigía a Constantinopla, leyendo el Infierno de Dante.”
“En un paradero de Bulgaria, Tudor Pole miró por la
ventanilla y vio un hombre de edad mediana, apuesto y bien vestido, que
caminaba sobre la nieve, en el terraplén de la vía férrea. El hombre sonrió y
saludó con la cabeza al sorprendido viajero inglés. El tren arrancó y pronto
entró en un túnel, pero el vagón de Tudor Pole siguió con las luces apagadas.
Cuando el tren salió del túnel, el desconocido estaba sentado en el rincón
opuesto. Entonces vio la obra de Dante que estaba leyendo Tudor Pole e inició
una fascinante conversación sobre el problema del cielo y el infierno y el
enigma de nuestro actual estado de existencia.”
“Tudor Pole dijo que su compañero de viaje hablaba con
impecable acento, pero evidentemente no era inglés. Su atuendo y el sesgo de su
mente sugerían que muy bien podía ser húngaro. Invitó al desconocido a comer
con él, a lo cual replicó sorprendentemente que no comía manjares.”
“Un poco aturrullado, y comprendiendo que aquel
hombre no era un viajero corriente, Tudor Pole se dirigió al coche restaurante.
Cuando volvió una hora más tarde, su misterioso visitante se había ido.”
“Unos días después, Tudor Pole estaba en el andén de
Scutari, junto al Bósforo. Su equipaje estaba ya en el tren.”
“Volvió a aparecer mi amigo del Oriente Express;
estaba entre la muchedumbre, a cierta distancia de mí, y sacudía vigorosamente
la cabeza. Desconcertado, dejé que el tren se marchase sin mí. Poco después,
este tren sufrió un accidente a unos ciento cincuenta kilómetros de donde yo me
hallaba. En definitiva, recobré mi equipaje. Parte de él estaba manchado de
sangre.
“Tudor Pole no identificó al desconocido en su libro,
pero Walter Lang, que escribió la Introducción y también unos comentarios sobre
otro de sus libros, preguntó a Tudor Pole: “¿Sabe quién era el hombre del
tren?” Pudor Pole respondió: “Sí. ¡Era Germain!”.
NICOLÁS FLAMEL
El más celebre alquimista francés. De su nacimiento se
dice que ocurrió en el año 1330 cerca de Pontoise, en el seno de una familia
muy humilde, aunque alcanzó a recibir la educación de un letrado. De él dicen
que murió en 1418.
Una de sus obras más conocidas es “El Libro de las
Figuras Jeroglíficas”, en cuyas figuras se esconden los procesos de la Gran
Obra.
De la obra de J. Sadoul, transcribiremos lo
siguiente, omitiendo las comillas de su texto, para que el texto no se encuentre
pesado y confuso:
Un viajero del siglo XVII, llamado Paúl Lucas, informa
sobre un viaje al Asia Menor, de cuya crónica extraemos el siguiente pasaje:
“En Burnus-Bachi sostuve una conversación con el ‘devis’ de los uzbecos sobre
una filosofía hermética. Este levantino me dijo que los verdaderos filósofos
poseían el secreto para prolongar mil años su existencia y preservarse de todas
las enfermedades. Por último, yo le hablé del ilustre Flamel y le hice observar
que el hombre había muerto a despecho de la piedra filosofal. Apenas cité este
nombre, se echó a reír de mi simplicidad. Como quiera que yo le había dado
crédito a cuanto había dicho, me asombró extraordinariamente su actitud
dubitativa ante mis palabras. Al advertir mi sorpresa me preguntó con el mismo
tono, si era tan ingenuo como para creer que Flamel hubiese muerto. Y agregó:
“— No, no. Usted se equivoca. Flamel vive todavía; ni
él ni su mujer saben aún lo que es la muerte. Hace tres años escasos los dejé a
ambos en la India; es uno de mis mejores amigos.”
Más tarde, el derviche proporcionó nuevos informes a
Paúl Lucas:
“La celebridad es a menudo una cosa bastante incómoda
pero un sabio es hombre prudente y sabe siempre salir de los aprietos. Flamel
entrevió que un día u otro sería detenido sobre todo desde que se sospechó que
poseía la piedra filosofal. Tras la sensación que causó su liberalidad no
pasaría mucho tiempo sin que se le atribuyera la posesión de esa ciencia; todo
parecía indicarlo ya. Pero él ideó un medio para soslayar tal persecución: hizo
publicar la noticia de su muerte y la de su mujer. De acuerdo con sus consejos
ella fingió una enfermedad que siguió un curso fatal, y cuando se la dio por
muerta, estaba en Suiza aguardándole, según las instrucciones recibidas. En su
lugar se enterró un trozo de madera cubierto con algunas prendas, y para
cumplir estrictamente con el ceremonial, se celebró el acto fúnebre en una de
las capillas que ella misma había hecho construir. Poco después, él recurrió a
la misma estratagema; y como el dinero abre todas las puertas, no costó mucho
ganarse la confianza de médicos y eclesiásticos. Flamel dejó un testamento en
el cual disponía que se lo enterrase con su mujer y se levantase una pirámide
sobre sus sepulturas; y mientras este sabio auténtico viajaba para reunirse con
su esposa, se enterró un segundo trozo de madera en su lugar. Desde aquellas
fechas, ambos llevan una vida muy filosófica, dedicados a viajar y a ver
países. Esta es la verdadera historia de Nicolás Flamel, no la que cree usted
ni la que se piensa neciamente en Paris, donde muy pocas gentes tienen
conocimiento de la verdadera sabiduría…”
Hay otros testigos y relatos, muy numerosos, que dan
fe de la supervivencia de Flamel. Es bien curioso que todos ellos concuerden en
un punto: -el filósofo y su esposa se retiraron a la India cuando él se reunió
con Perrenelle en Suiza, adonde ella le había precedido tras su “muerte”, para
hacer los preparativos del gran viaje.
FULCANELLI
Notable físico nuclear y gran alquimista francés,
autor de dos valiosísimas obras de alquimia; “El Misterio de las Catedrales”,
cuya primera edición se publicó en el año de 1926, y “Las Moradas Filosófales”,
en el año de 1930 y que contiene los secretos de la Gran Obra.
Eugene Canseliet, su discípulo, en el “Prefacio a la
segunda edición” del “Misterio de las Catedrales”, escribe:
“En nuestra introducción a Las Doce Claves de la
Filosofía, repetimos a propósito que, BASILIO VALENTÍN (famoso monje
benedictino del monasterio de Erfurt, en Alemania, Año 1413) fue el iniciador
de nuestro Maestro. (...) En aquella época ignorábamos la carta tan
conmovedora que transcribimos aquí y que tiene toda la belleza cautivadora del
impulso del entusiasmo, el acento del fervor que inflama súbitamente al
escritor anónimo a causa del desvanecimiento de su firma, como lo es el destinatario
por la falta de dirección, indudablemente, este fue el maestro de FULCANELLI el
cual dejó, entre sus cartas, aquélla reveladora, marcada en cruz por dos líneas
sucias de carbón a lo largo de la señal del pliegue, por haber estado tanto
tiempo cerrada en un portafolio, donde aun fue alcanzada por el impalpable
polvo y grasa del enorme horno siempre en actividad. Así, el autor del Misterio
de las Catedrales, conservó durante muchos años, como un talismán, la prueba escrita
del triunfo, de su verdadero iniciador, prueba que nada nos prohíbe publicar
hoy, sobretodo porque ella da la idea potente y justa del ambiente sublime en
el que se coloca la Gran Obra. Pensamos que no se nos reprochará lo largo de
la extraña carta, de la que sería un pecado, eliminar tan sólo una palabra:
Mi querido amigo,
Esta vez, habéis verdaderamente recibido el Don de
Dios; es una gran Gracia, y por primera vez, me doy cuenta de cuán raro sea
este favor. En efecto, yo creo que el arcano, en su abismo insondable de
simplicidad, no se encuentra con la sola ayuda del raciocinio aún siendo éste
muy sutil y ejercitado. Al fin estáis en posesión del Tesoro de los Tesoros, y
damos gracias a la Luz Divina que os ha hecho partícipes. Además, lo habéis
merecido justamente con vuestra inquebrantable fe en la Verdad, en la
constancia de los esfuerzos, la perseverancia en el sacrificio, y también, no
lo olvidemos... con vuestras buenas obras.
Cuando mi mujer me anunció la bella noticia, quedé
asombrado de la gloriosa sorpresa y no cabía ya más en mí de la felicidad. A
tal punto que me dije: porque no paguemos esta hora de euforia con algo
terrible en un mañana. Mas, si bien informado brevemente de la cosa, he creído
entender, lo que confirma mi certidumbre, que el fuego solamente es apagado
cuando la Obra se completa y toda la masa tintórea impregna el vidrio que, de
decantación en decantación, al final queda completamente saturado y luminoso
como el sol.
Habéis empujado vuestra generosidad hasta el punto de
asociarnos a este elevado y oculto conocimiento que os pertenece por derecho y
que es totalmente personal. Mejor que otro, advertimos todo el valor, y mejor
que otro estamos en condiciones de quedaros eternamente agradecidos. Sabed bien
que las más bellas frases, las más elocuentes manifestaciones no valen lo que
la conmovedora simplicidad de estas palabras: SOIS bueno, y es propiamente por
esta gran virtud que Dios ha puesto sobre vuestra frente la diadema de la verdadera
realeza. Él sabe que haréis un noble uso del cetro y del inestimable gaje que
conlleva. Desde mucho tiempo ya, Os conocemos como el manto azul de vuestros
amigos en sus necesidades; el manto caritativo se ha súbitamente agigantado,
porque, ahora, todo el azul del cielo, y su gran sol, cubren vuestras nobles
espaldas. Podéis disfrutar ampliamente de esta grande y rara felicidad para
gloria y consuelo de vuestros amigos, y también de vuestros enemigos, porque
la desgracia borra todo y ya disponéis de la vara mágica que cumple todos los
milagros.
Mi mujer, con aquella inexplicable intuición de las
personas sensitivas, tuvo un extraño sueño. Vio un hombre envuelto en todos los
colores del arco iris y elevado hasta el sol. La explicación no se ha hecho
esperar. ¡Qué maravilla! ¡Qué bella y victoriosa respuesta a mi carta llena de
dialéctica y — teóricamente — exacta, mas, cuán lejana aún, de lo Verdadero, de
lo Real! ¡Ah! Se podría casi afirmar que quien ha saludado la estrella de la
mañana ha perdido para siempre el uso de la vista y de la razón, porque está
fascinado por esta falsa luz y precipitado en las tinieblas. - A menos que,
como ha sido con vos, un gran golpe de fortuna no lo aleje bruscamente de la
orilla del precipicio.
No veo la hora de veros nuevamente, querido amigo
mío, de volver a escuchar el relato de las últimas horas de angustia y de
triunfo, Mas, tened en cuenta, que es tanta la felicidad que sentimos y tanta
la gratitud que hay en nuestro corazón, que jamás alcanzaré a expresarme en
palabras, ¡aleluya!
Os abrazo y me felicito con vos
Vuestro viejo amigo...
Esta preciosísima carta, es un testimonio muy
diciente como para que se le haga algún comentario. Bástenos sólo decir que
quien alcanza el “Donum Dei” ha consumado la gran Obra y alcanzado la inmortalidad.
Eugene Canseliet, en su prologo a la “Segunda Edición”
del “Misterio de las Catedrales”, dice: “Cuando escribió el Misterio de las
Catedrales, en 1922, Fulcanelli no había recibido El Don de Dios.
Y en el Prefacio a la Primera Edición, con fecha Octubre
de 1925, dice Canseliet: “Desde mucho tiempo ya, el autor de este libro no está
más entre nosotros.” Por lo que se entiende que entre 1922 y 1925 el Maestro
Fulcanelli recibió el “Donum Dei”. Posteriormente su Obra “Las Moradas
Filosófales”, fue publicada en 1930.
Desde entonces, Fulcanelli se perdió en el misterio.
En 1937, Jacques Bergier, asistente del físico-nuclear
André Helbronner, se entrevistó con Fulcanelli. El contenido de esta entrevista
lo podrá conocer el lector en nuestro capitulo La Conciencia Atómica.
En 1953, Louis Pawels, autor de la obra “El Retorno de
los Brujos”, tuvo la certeza de haber encontrado a Fulcanelli en un café de
París.
Eugene Canseliet, el hombre más próximo a Fulcanelli
en todo el curso de este intrigante misterio, afirma que conoció a su maestro
en España, en fecha tan reciente como el año 1954.
Si, como dijo Canseliet, Fulcanelli tenía ochenta años
cuando trabajaron juntos por primera vez en los años veinte, el maestro debía
de tener de 100 a 110 años cuando tuvo lugar aquel encuentro en España.
Es indudable que Canseliet estuvo aquel año en España.
Gerard Heym, erudito en ocultismo, conoció a Canseliet a causa de su amistad
con su hija, y vio el pasaporte de Canseliet. En él figuraba el visado de
entrada en España, fechado en 1954.
Cómo recibió Canseliet la llamada para ir a España, es
cosa menos sabida; pero Heym tuvo la impresión de que el mensaje le fue
transmitido de alguna manera paranormal, posiblemente por clarividencia.
Informadores próximos a Canseliet me refirieron lo que
el viejo alquimista dijo que había ocurrido en tal ocasión. Puede resumirse
así:
Después de recibir la misteriosa llamada, Canseliet
hizo sus bártulos y emprendió el viaje a España. Su lugar de destino era
Sevilla, donde alguien se reuniría con él.
Efectivamente, alguien salió a su encuentro —no se
sabe exactamente quién— y Canseliet fue llevado a un gran palacio o castillo en
la montaña. Allí fue recibido por su viejo maestro, Fulcanelli, el cual tenía
aún el aspecto de un hombre de unos cincuenta años. Canseliet tendría entonces
cincuenta y cuatro.
Canseliet fue conducido a sus habitaciones, en un
piso alto de una de las torres del Castillo, y su ventana daba a un patio
grande y rectangular. Durante su estancia, Canseliet tuvo la clara impresión
de que el castillo era un gran refugio secreto de toda una colonia de distinguidos
alquimistas — posiblemente, incluso adeptos como su maestro — y que era
propiedad de Fulcanelli. Poco después de su llegada, le mostraron un “petit
laboratoire” y le dijeron que podría trabajar y experimentar en él.
Al volver a sus habitaciones, Canseliet se asomó a la
ventana para respirar el aire fresco y observó el patio inferior. Allá abajo,
vio un grupo de niños — probablemente hijos de otros invitados en el castillo
— que estaban jugando. Pero había algo extraño en ellos. Al fijar más la
atención, comprendió que eran las ropas que llevaban. Parecían trajes del siglo
XVI. Los niños estaban entregados a alguna clase de juego, y Canseliet pensó
que se habrían vestido de aquel modo para alguna mascarada o fiesta de
disfraces. Aquella noche se acostó y no volvió a pensar en el incidente.
Al día siguiente, volvió a sus experimentos en el
laboratorio que le habían destinado. De vez en cuando, se presentaba su
maestro, le hablaba brevemente y comprobaba sus progresos.
Una mañana, Canseliet bajó la escalera de la torre
donde se alojaba y se plantó en una puerta abovedada que daba al patio. Estaba
allí cuando oyó voces.
Cruzando el patio, se acercaba un grupo de tres
mujeres, charlando animadamente. Canseliet se sorprendió al ver que llevaban
vestidos largos y holgados al estilo del siglo XVI, como los niños que había
visto un par de días antes, ¿Sería otra mascarada? Las mujeres seguían acercándose.
Canseliet se debatió entre la sorpresa por lo que
veía y la incomodidad de verse sorprendido en parcial deshabillé. Iba a dar
media vuelta y volver a sus habitaciones, cuando, al pasar las mujeres por
delante del lugar donde se hallaba, una de ellas se volvió, le miró y sonrió.
Fue cuestión de un breve instante. La mujer se volvió
de nuevo a sus compañeras y juntas siguieron su camino, fuera de su campo
visual.
Canseliet se quedó pasmado. Jura que la cara de la
“mujer” que le había mirado era la de Fulcanelli.
“Por extraña que parezca la historia, Canseliet afirma
que le vio y que, Comprensiblemente, sólo lo había confiado a unos íntimos
amigos”
Hasta aquí estos párrafos de la obra “El Misterio
Fulcanelli”.
Terminaremos esta breve relación sobre lo que nuestro
Venerable Maestro SAMAEL AUN WEOR nos dice con relación a Fulcanelli:
FULCANELLI ES UN RESURRECTO QUE REALIZO LA GRAN OBRA.
Su máxima obra, precisamente, ha sido llamada “LAS MORADAS FILOSÓFALES” y
nadie, desgraciadamente la ha entendido, Ello se debe a que, para entenderla,
es necesario haberla realizado... Después de la segunda guerra mundial,
ciertos servicios secretos estuvieron buscando a Fulcanelli (él es un experto
físico nuclear) para arrancarle alguna información, pero, afortunadamente, él
supo evadirse y ahora está en ciertos lugares secretos que son, a su vez,
Templos o Monasterios.